Hola, buenas noches de nuevo.
Creo que aún no os he contado que yo sí creo en las hadas. Y de vez en cuando, como en el cuento de Peter Pan doy palmas por ellas.
Pero en mi caso, no tiene ningún mérito. Creo en ellas porque he conocido varias y sé que aún me quedan muchas por conocer. Es un don, siempre he tenido suerte de hallarlas.
Aunque es verdad que todas las que conozco se escapan al esquema de campanilla. Unas han sido supermamis de tres retoños, otras madres monomarentales, otras maravillosas compañeras y compañeros con apariencia de humanos aparentemente normales, pero con la magia en su sonrisa y apoyos. Y varias hadas que he conocido han demostrado que el amor no entiende de sexos, ni esquemas, ni edad.
Pero todas estas hadas han tenido en común el haber formado parte del trozo de vida que llevo vivido. Y con ellas, junto a ellas y en ellas… he sentido la magia.
La magia de una mirada que te cura una herida que se está produciendo ante su impotencia, la magia de una mirada que te sonríe desde su corazón cuando el tuyo se desgarra de dolor, la magia de un brillo, cuando tú crees, que sólo te rodea la soledad. La magia de una aurora, en una noche oscura.
En definitiva, la magia de su capacidad de amor.
viernes, 12 de febrero de 2010
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