sábado, 27 de febrero de 2010

María y esa extraña manía de creer en la vida

María, María.
Yo la conocí.
Bueno, conocí a una María.
Lo que había vivido habría sido perfectamente adaptable al guión de una gran tragedia. Pero ella no lo vivía así. Por tanto no lo era.
María, María tenía muchos más de setena años cuando la conocí. Hermosa, fuerte, independiente, y me atrevería a decir con un cierto toque de bohemia. La vida le había dado dos hijos a los que tuvo que sacar adelante sola antes de los treinta. Años difíciles, vida difícil, pero no por ello plena.
Era valiente y dura, pero con esa dureza tan sutil de las mujeres del siglo pasado, porque si la exhibían, las consecuencias podían ser….. eso, consecuencias.
María yo coincidimos en el tiempo y espacio en un momento de mi vida especial. Un paréntesis en el tuve la suerte de hallar gente especial, hadas que me han acompañado y lo harán a lo largo del tiempo. Siempre he tenido suerte para encontrarlas, (ya os lo he contado) debe ser un don. María fue una de las hadas que hallé.
Ella compartió conmigo algo que nunca he podido olvidar.
Cuando la conocí se ocupaba de los mayores. Era un poco paradójico, porque ella era ya muy mayor. María visitaba residencias de ancianos para ver qué tal estaban aquellos a quienes nadie más que ella visitaba. Muchas de esas mujeres a las que veía regularmente, porque la gran mayoría eran viudas, eran menores que ella. Pero, María era así. Ni que decir tiene que cuando detectaba un mínimo, que casi siempre era un máximo, de sufrimiento o dejadez (ambos unidos) en alguna de sus visitas removía todo lo removible, incluida algunas piedras para todo cambiara.
Yo la admiraba y la admiro. Es una de mis hadas.
María era muy bella, coqueta sin cursilerías, valiente y leal. Se había quedado viuda con dos hijos varones a los que aún seguía cuidando. Y el quedarse viuda tan joven le había producido un dolor que nada ni nadie podía arrancar de su ser; pero a la vez la había dotado de la libertad de poder tomar decisiones por sí misma.
Un día me fijé en las manos de María. Yo ya imaginaba que serían manos fuertes, trabajadas, callosas. Y eso fue lo que encontré, pero además, hallé una gran cicatriz en la palma de su mano derecha.
¿Qué te pasó María? Y ella sonrió y con la paz y el sosiego que da la generosidad que la caracteriza, me narró la siguiente historia:
“Esta herida me la hice cuando tenía seis años. Mi padre ya estaba en la cárcel por rojo y mi madre luchaba porque mis hermanos y yo no pasásemos mucha hambre y frío en nuestro pueblo de Segovia”.
“El día que me hice la herida estaba muy contenta. A mi prima se le había quedado chico un abrigo y me lo habían arreglado. Era gris, precioso, hasta tenía un cuellito como de piel. Me sentía genial con él, además de calentita”.
“De pronto, uno de los niños gritó ¡¡¡Qué vienen!!!!! Todos corrimos, pero yo me despisté y sólo me dio tiempo de agarrarme a una verja. Allí me encontraron. Eran varios, mayores y envalentonados, yo apenas tenía seis años y un abrigo recién estrenado heredado de mi prima mayor”.
“Tiraron de mi fuerte. Yo no quería soltarme de la verja. Había trepado tan arriba que había llegado hasta la zona en la que acababa con forma de lanza. Tiraron tanto de mí y yo me intenté asir tan fuerte que cuando caí casi se me veía el hueso de la mano.”
“Lo peor fue que cuando acabaron. Mi abrigo estaba deshecho, hecho girones. Y yo estaba desnuda, helada, rodeada de nieve. Llegué a las puertas de la casa de los señores. La señora abrió y me vio. Y les vio correr tras de mí. Me dejó entrar. Cerró la puerta. Allí sabía que no iban a entrar. Me dejó quedar en silencio hasta la noche. Permitió llevarme la manta que me dio una de las criadas. Pero, desde que cerró la puerta hasta hoy no la he vuelto a ver”.
“Es verdad que me llevé la manta a casa, que nos vino bien, pero mi precioso abrigo quedó hecho jirones, tirado por todo el pueblo, sin arreglo. Era gris, con un cuello precioso”…
…María, no te curaron?
“Cuando llegué a casa, mi madre me llevó al médico del pueblo. Ya te he dicho que casi se me veía el hueso, pero dijo que me llevara a Negrín. Yo no sabía qué quería decir, pero mi madre primero le miró a los ojos, como sólo ella sabía hacerlo. Después, bajó la cabeza. Me acercó aún más a ella y apretó los dientes.”
“Hija, y como no me lo cosieron, quedó así, un poco feo, pero no me impide ir a ver a mis viejitas y pelear porque a ellas no les falte nada mientras que yo pueda”. Y sonríe como si lo que me ha contado fuese una anécdota sin más. Ella es así.
Y es que esta María, como la de la canción, tiene también la manía de creer en la vida.

viernes, 12 de febrero de 2010

Hola, buenas noches de nuevo.

Creo que aún no os he contado que yo sí creo en las hadas. Y de vez en cuando, como en el cuento de Peter Pan doy palmas por ellas.

Pero en mi caso, no tiene ningún mérito. Creo en ellas porque he conocido varias y sé que aún me quedan muchas por conocer. Es un don, siempre he tenido suerte de hallarlas.

Aunque es verdad que todas las que conozco se escapan al esquema de campanilla. Unas han sido supermamis de tres retoños, otras madres monomarentales, otras maravillosas compañeras y compañeros con apariencia de humanos aparentemente normales, pero con la magia en su sonrisa y apoyos. Y varias hadas que he conocido han demostrado que el amor no entiende de sexos, ni esquemas, ni edad.
Pero todas estas hadas han tenido en común el haber formado parte del trozo de vida que llevo vivido. Y con ellas, junto a ellas y en ellas… he sentido la magia.

La magia de una mirada que te cura una herida que se está produciendo ante su impotencia, la magia de una mirada que te sonríe desde su corazón cuando el tuyo se desgarra de dolor, la magia de un brillo, cuando tú crees, que sólo te rodea la soledad. La magia de una aurora, en una noche oscura.

En definitiva, la magia de su capacidad de amor.